jueves, 13 de abril de 2017

Teatro español desde 1940 hasta finales del siglo XX. Tendencias, autores principales y obras




La tortuga de Darwin, Juan Mayorga.

TEATRO ESPAÑOL DESDE LA GUERRA         

            El corte que supuso la Guerra Civil en España no dejó, claro está, de afectar al género dramático. Veremos, brevemente –designios de Selectividad-, de qué manera el teatro recorre movimientos existencialistas, sociales, vanguardistas, pero también, conservadores, a lo largo de medio siglo.
            Durante la guerra, el teatro, en unos casos, se puso al servicio de la propaganda bélica e ideológica, como en con las Guerrillas del Teatro dirigidas por María Teresa León; en otros casos se intenta recuperar clásicos contemporáneos como Bodas de sangre, de Lorca, o Electra, de Galdós, amén de alguna reescritura como la que hizo Rafael Alberti de La Numancia de Cervantes, representadas todas estas por la Alianza de Intelectuales.
Alberti y María Teresa León
            Acabada la contienda, el panorama resultaba desalentador: muchos de los grandes dramaturgos del periodo anterior estaban muertos (Lorca, Unamuno, Valle) o exiliados (Aub, Casona, Alberti) rompiéndose así las líneas con el teatro innovador de preguerra, dejando las líneas más conservadoras (en torno al teatro burgués) condenadas a luchar con las traducciones del teatro extranjero y la continua deserción del público a las butacas del cine.
            El teatro del exilio no se puede abordar si nombrar a Rafael Alberti que, con obras como El Adefesio (1944) nos habla de los estragos de la batalla desde una perspectiva existencialista. Alejandro casona representa el simbolismo y la poesía en obras teatrales como Prohibido suicidarse en primavera  (1937) o La dama del alba (1944). Max Aub, que en la guerra había sido Secretario del Consejo Nacional de Teatro, completa su actividad como poeta, novelista y también dramaturgo con obras como Morir por cerrar los ojos (1944) o El rapto de Europa (1945) sobre la Segunda Guerra Mundial. Otros dramaturgos del exilio son Pedro Salinas o León Felipe.
            En España, abriendo la década de los cuarenta, se observan esas líneas conservadoras que anotamos antes. Una de ellas es el teatro al estilo benaventino (una ligera crítica de costumbres en una estética realista). El testamento de la mariposa (1941) de José María Pemán o Cuando llegue la noche (1943) de Joaquín Calvo Sotelo, atestiguan ese teatro amable, intrascendente, que pretende el entretenimiento del público. Otra de las líneas conservadoras es la continuación del teatro de humor. Enrique Jardiel Poncela, que ya había sorprendido a propios y extraños con Usted tiene ojos de mujer fatal en 1933, rompió con las formas tradicionales de lo cómico a través de situaciones grotescas o inverosímiles. Una de las obras más conocidas es Eloísa está debajo de un almendro (1940) y representa fielmente esas características del nuevo teatro de humor basado en el absurdo de las situaciones, diálogos y personajes cuya historia termina siendo igualmente intrascendente. Heredero del trabajo de jardiel Poncela, Miguel Mihura presenta una obra muy temprana (escrita en 1932, publicada en 1947, estrenada en 1952) que abre la posibilidad de un teatro del absurdo en España: Tres sombreros de copa. El resto de la producción de Mihura (Melocotones heladosMaribel y la extraña familia…) no sigue esa senda rupturista que promovía su primera comedia con sus diálogos inverosímiles, infantiles y grotescos a un tiempo. Una nueva línea teatral, alejada de la conservadora, se abre a finales de la década de los cuarenta en la figura de los jóvenes dramaturgos Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre: el teatro existencialista.  Buero consigue introducir una dosis de crítica social, sorteando la censura, en obras como Historia de una escalera (1949) donde los temas humanos tienen un lugar privilegiado. Más radical, Alfonso Sastre con, por ejemplo, Escuadras hacia la muerte (1953) muestra un discurso abiertamente antifranquista. 










Buero y Sastre van recorriendo las diferentes etapas del teatro a partir de 1939, modificando sus formas para expresar los mismos temas en una etapa (a partir de 1955) en la que conviven un teatro social y de denuncia con uno conservador. En la década de los cincuenta todos los géneros literarios buscan un público capaz de captar la realidad desde un punto de vista crítico, ya sea porque está más preparado (jóvenes universitarios) o porque está agotado del teatro burgués (que, sin embargo, llega hasta nuestros días). Es el teatro social. Se recogen técnicas valleinclanescas sobre deformación de la realidad, influencias expresionistas y simbolistas para la denuncia sobre el duro trabajo de los obreros, la siempre presente burocracia o las injusticias sociales. Obras como Un soñador para un pueblo (1958, basado en el motín de Esquilache) o El tragaluz (1967), un angustioso drama sobre una familia y sus funestos recuerdos de la guerra, por parte de Buero, representan estas características. La taberna fantástica (1966), a medio camino entre el teatro de denuncia social y el renovador, es el mejor ejemplo de Sastre para esta época. Sin olvidar otro autor social como es Lauro Olmo y su obra La camisa (1961) en la que trata los temas de la emigración y de la miseria. El teatro conservador, en los cincuenta, es del dominio de Alfonso Paso en el ámbito comercial (Juicio a un sinvergüenza, 1952) o de Antonio Gala (Los verdes campos del Edén, 1963) como autor transgenérico que llega hasta nuestros días.


Tórtolas, crepúsculo y... telón, de F. Nieva.



El teatro renovador, que empieza a manifestarse a finales de los años sesenta, recopila las características vanguardistas anteriores a la guerra así como las extranjeras (alegorización de personajes en ideas, un mayor uso del esperpento, la importancia desmesurada de los elementos extraverbales, etc.) en un teatro más complejo y menos realista que introduce elementos de otras artes como el circo o el cine. Buena parte de ese teatro se desarrolla en la calle gracias a la labor de los provocadores grupos de teatro independiente: Els Joglars,  Els Comediants, en Cataluña; Los Goliardos,  Ditirambo, en Madrid, etc. Los autores que destacan más en esta etapa son Francisco Nieva y Fernando Arrabal. Nieva, digno seguidor de Valle, presenta un teatro de denuncia con estética experimentalista. Su obra se agrupa en tres centros: Teatro furioso (1953-1973), Teatro de farsa y calamidad (1961-1990) y Teatro de crónica y estampa (1976). Arrabal –surrealista, esperpéntico y absurdo a un tiempo- escribe un teatro basado en el humor, la confusión, el terror, el azar y la euforia. Sus primeras obras (Pic-nic, 1952, El cementerio de automóviles, 1965) ya navegan en lo absurdo[i]. Su teatro pánico, de un alto grado surrealista, da paso a obras originales y vanguardistas como La balada del tren fantasma (1975). Buero Vallejo también está presente en esta etapa con La fundación (1974).


Grupo de teatro independiente desde los años setenta.


Los últimos años, desde la llegada de la democracia, han visto una paulatina desaparición de los autores teatrales porque cada vez se hace menso teatro, se prefiere representar lo seguro (los clásicos), los nuevos autores no se dan a conocer… Con todo, el teatro de estas últimas décadas ha visto grandes obras. Las corrientes o modelos presentes en nuestro tiempo son tres. La primera es la representación de generaciones anteriores, sobre todo en lo que se refiere, por una parte a los vanguardistas de la etapa pasada y, por otra, a autores queridos por el público como Buero Vallejo o Antonio Gala. La segunda es la vuelta al realismo con obras como ¡Ay Carmela!  (1986) de José Sanchís Sinistierra o Los ochenta son nuestros  (1988) de Ana Diosdado. Y la tercera es la comedia de costumbres renovada con un importante componente urbano como vemos en Bajarse al moro (1984) de José Luis Alonso de Santos.
En fin, un sinnúmero de realizaciones dramáticas diferentes que dan como resultado una rica variedad de tendencias, movimiento y autores. Es de lamentar, sin embargo, que los teatro no suban tanto el telón, lo que, sin duda, perjudica el futuro del género en España.




[i] Como el maestro francés del absurdo A. Artaud



Luis Merlo en Bajarse al moro (1987) por Ali_rdc

sábado, 11 de febrero de 2017

Poesía desde 1940 hasta el final del siglo XX

LÍRICA DESDE 1939 A FINALES DE LA DÉCADA DE LOS AÑOS 70

- Como pasa con el resto de los géneros literarios también se produjo un corte profundo en la evolución de la poesía española debido a la Guerra Civil por la muerte o el exilio de los modelos anteriores. Sin embargo este corte fue menos drástico porque existen nexos de unión entre la poesía anterior y posterior a la contienda:

- Dos de los poetas de la Generación del 27 que permanecieron en España se convertirán en modelos seguidos por los escritores más jóvenes. Son Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. El primero inicia la poesía existencialista de la inmediata posguerra con Hijos de la ira 1944, al igual que Aleixandre con Sombra del paraíso, que une a su producción Historia del corazón que iniciará la poesía social de los años 50.

- Las vanguardias de la época anterior no abandonan el panorama lírico español, ya sea con rehumanización del Surrealismo, los experimentos vanguardistas de Carlos Edmundo de Ory o Miguel Labordeta, el grupo Cántico recordando la figura de Luis Cernuda, etc.

- Los poetas de la posguerra inmediata habían comenzado ya su labor antes de la guerra o durante la misma. Caso de Miguel Hernández, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero…

Las diferentes etapas que se consideran en el estudio de la lírica posterior a 1939 son las siguientes:

- Posguerra (1939-1955). Con una diversidad de tendencias muy marcada podemos destacar el concepto que establece Dámaso Alonso en su libro Hijos de la ira: poesía arraigada y poesía desarraigada, amén del recuerdo de las Vanguardias de preguerra.

- Poesía social y Grupo poético del 50 (1955-1962): la poesía se llena de contenidos sociales y se convierte en una herramienta más de protesta para Blas de Otero o Gabriel Celaya, pero también cuida su forma con Ángel González, Jaime Gil de Biedma, etc.

- Los Novísimos (años setenta): el inconformismo de este grupo conoce la mezcla cultural de lo clásico y lo moderno.

- Poesía desde 1975: de nuevo observamos una diversidad de tendencias, una explosión editorial y unos cuantos nombres que aguantarán el paso del tiempo en los libros de texto.

Miguel Hernández (1910-1942)



El “ilustre cabrero” de Orihuela, aunque de corta existencia vital, tine un largo recorrido poético. Pertenece a una generación fronteriza entre el 27 y la Posguerra. Por edad estaría dentro del grupo de autores garcilasistas (poesía arraigada, para Alonso) pero por compromiso político está más unido al 27. Su poesía conoce lo clásico y barroquista de sus inicios, la experimentación del roce vanguardista, el compromiso patente en su labor de la guerra así como la íntima tragedia de sus últimos poemas.

¿No cesará este rayo que me habita

el corazón de exasperadas fieras

y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita

de cultivar sus duras cabelleras

como espadas y rígidas hogueras

hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:

de mí mismo tomó su procedencia

y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota

y sobre mí dirige la insistencia

de sus lluviosos rayos destructores.

(El rayo que no cesa, 1936)

Sus temas principales son el amor, como el presente en el poemario de sonetos de, quizá, su mejor obra, El rayo que no cesa, de 1936, el dolor, inherente a la vida, la muerte, la injusticia y la guerra. Maneja todas las formas poéticas permitiéndose clásicas facturas y vanguardistas realizaciones. Sus obras principales son: Perito en lunas (1933) que une lo gongorino con lo experimental; El rayo que no cesa (1936); Viento del pueblo (1937) y, en la cárcel, próximo a su muerte, Cancionero y romancero de ausencia (1938-1941).

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y cardos:

¡cuánto penar para morirse uno! (El rayo que no cesa)

Llegó con tres heridas:

la del amor,

la de la muerte,

la de la vida.

Con tres heridas viene:

la de la vida,

la del amor,

la de la muerte.

Con tres heridas yo:

la de la vida,

la de la muerte,

la del amor. (Cancionero y romancero de ausencias)

Documental de RTVE sobre Miguel Hernández (muy recomendable):


La poesía en el exilio



Ya hemos visto en temas anteriores cómo los autores que se exilian siguen publicando fuera de España, caso de Juan Ramón Jiménez, Salinas, Guillén, etc, y cómo un tema fundamental para la mayoría es el recuerdo de España y la injusticia. Quizá el autor que se da a conocer con mayor énfasis en el extranjero sea León Felipe (1884-1968), de fuerte tono e influencias de Whitman en sus primeras obras. Sus obras más representativas publicadas en el exilio son: Español del éxodo y del llanto (1938), Parábola y poesía (1944)...

La poesía de posguerra

Dámaso Alonso distinguió dos líneas fundamentales: la poesía arraigada y la desarraigada (a las que luego añadiremos otras tendencias como la del grupo Cántico y el Postismo) en Hijos de la ira.


La poesía arraigada, en sus palabras, es la de "aquellos autores que se expresan con una luminosa y reglada creencia en la organización d ea realidad". En esta tendencia hay dos revistas (y grupos de poetas que se adscriben a ellas) muy representativas. Escorial (1940-49), donde destaca Dionisio Ridruejo. De corte falangista y muy apegada a la tradición. Garcilaso (1943-46), creada por José García Nieto, que también tiene formas y temas clásicos y cercanos ala propaganda del Régimen pero con mayor abertura. Los autores más representativos de la poesía arraigada son Luis Felipe Vivanco, Leopoldo Panero (Escrito a cada instante) y Luis Rosales (La casa encendida). Estos poetas comparten una visión optimista y ordenada de la realidad, junto con temas religiosos (a veces, casi místicos).



La poesía desarraigada, en la que se inscribe Alonso, es una manera disconforme de ver el mundo porque "el mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla ". En 1944 empieza el camino de esa poesía existencial, trágica y angustiosa de la que habla Alonso con la publicación de Hijos de la iraSombra del paraíso (de Aleixandre) y el inicio de la revista Espadaña (Eugenio de Nora y Victoriano Crémer). Poco tiempo después podemos incluir en este grupo a Blas de Otero. Sus temas presentan un contraste con la poesía amable del Régimen pues versan sobre el dolor, el sufrimiento, la falta de esperanza y de respuesta de un Dios nada propicio. La sencillez inicial de estos poemas pretende alejarse d e la formalidad clásica de los garcilasistas y escurialenses.

Además de las dos líneas señaladas por Alonso en esta primera década tras la guerra se puede hablar de otras tendencias más vanguardistas: serían el Postismo y el Grupo Cántico. El primero, como su propio nombre indica, es el ismo que "hay después de todos lso ismos". Encabezado por Carlos Edmundo de Ory, en 1945, es una tendencia que enlaza con los vanguardismos de los años 20. Reivindica la libertad expresiva, la imaginación y la idea de que la literatura debe ser diversión y juego. Rechaza la angustia existencia como tema poético. El Grupo Cántico, con pablo García Baena a la cabeza, es un grupo de poetas cordobeses que hacen una poesía continuadora de la de la Generación del 27, sobre todo en la figura de Luis Cernuda. Otro autor que entronca con las Vanguardias es Miguel Labordeta por su lenguaje surrealista y la rebeldía de su poesía.



Poesía social

En torno a la mitad d e la década de los cincuenta, la poesía española, al igual que el teatro y la novela, se lelna de contenidos sociales. Es esta una tendencia iniciada por tres publicaciones: Historia del corazón (Aleixandre), Pido la paz y la palabra (Otero) y Cantos iberos (Celaya). El rasgo más significativo de esta tendencia es que la poesía y el poeta no pueden quedarse al margen de la sociedad sino que son una clave fundamental para cambiar las injusticias, a través de la palabra se pide la paz. Así pues, dentro de una estética sencilla donde lo más importante es el contenido, la poesía es una herramienta con la que el poeta se solidariza con el resto de los hombres ("trabaja a España en sus aceros" que diría Celaya).




Hay varios poetas que empiezan a publicar en la década de los cuarenta, dentro de la poesía existencial pero que desarrollan su estilo en la poesía social de los cincuenta. Destacan José Hierro y Blas de Otero. Hierro (1922-2002) presenta una poesía basada en la experiencia tanto en los cuarenta como en lso cincuenta. Es a partir de Quinta del 42 (1952) cuando se sitúa dentro de la poesía social, marcando la solidarida con el resto de los hombres si bien, nunca olvida la individualidad del dolor. Blas de Otero (1916-1979) empieza escribiendo poemas casi místicos aunque su relación con la religión y Dios se rompe pronto y su angustia existencial por ello se muestra en Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia (ambas reunidas en 1958 en el acrónimo Ancia). El poeta se muestra en estas obras como un ser que lucha constantemente por una respuesta hacia el caos que no comprende y del que no recibe respuesta en un diálogo con un Dios ausente.

Su etapa de poesía social se inicia con Pido... (1955) en la que el poeta sale a la calle y decide ayudar al cambio social a pesar del dolor presente en su interior. De esta época son también En castellano (59), Que trata de España (64), etc. De su última etapa destaca Hojas de Madrid, donde hace un recuento autobiográfico.

Grupo del 50

Entre los cincuenta y los sesenta, entre el realismo social y el posmodernismo que atravesará los setenta surge un grupo de poetas que pretenden seguir haciendo una poesía comprometida y crítica, pero con unas formas más elaboradas huyendo del exceso de simplicidad del periodo anterior. Hablamos de Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo, entre otros. Sus rasgos como grupo son: preocupación fundamental por el hombre y sus problemas desde la perspectiva social y la existencial pero sin dramatismo y, a veces, hasta con humor; inconformismo frente a la realidad; poesía de la experiencia personal cotidiana. Sus temas abarcan desde lo íntimo y cotidiano hasta la marginación y la soledad humanas. Buscan un lenguaje personal a través de la ironía y el humor donde prima la concentración estilística.

Ángel González (1925-2008) mezcla retazos narrativos con humor y usos coloquiales en libros como Tratado de urbanismo (1967). Jaime Gil de Biedma (1929-1990) en libros como Compañeros de viaje (1959) mezcla el humor con la experiencia en la crítica de la sociedad.

Te llaman porvenir

porque no vienes nunca.

Te llaman: porvenir,

y esperan que tú llegues

como un animal manso

a comer en su mano.

Pero tú permaneces

más allá de las horas,

agazapado no se sabe dónde.

... Mañana!

Y mañana será otro día tranquilo

un día como hoy, jueves o martes,

cualquier cosa y no eso

que esperamos aún, todavía, siempre. ("Porvenir" de Ángel González)


Contra Jaime Gil de Biedma

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
-seguro de gustar- es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo no supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!


Los Novísimos

En 1970 José María Castellet publica el libro Nueve novísimos poetas españoles donde recoge a lso autores jóvenes que se consideran más representativos de la década de los setenta.. Son Carlos Barral, Pere Gimferrer, Antonio Colinas, Antonio martínez de Sarrión, entre otros. Son autores de una importante preparación cultural, inconformistas y rebeldes con el arte establecido, que buscan un lenguaje personal renovado y cuyos modelos literarios son muy diferentes: desde los poetas hispanoamericanos del siglo XX (Octavio Paz o Jorge Luis Borges) hasta los clásicos españoles contemporáneos como los de la Generación anterior, la del 50, o los experimentalistas de décadas pasadas (postistas, etc), sin olvidar poetas extranjeros como Kavafis. La cultura más erudita y la más pop tienen cabida en el acervo cultural de los novísmos, esto es; una ópera baroca y un rock and roll, sin olvidar todo tipo de códigos contemporáneos (cine, cómic, publicidad) y medios de comunicación de masas presentes en sus obras. Estilísticamente, como también pasa en la novela experimentalista, sus poemas pecan de herméticos y oscuros.


Baño en cueros

Haberlo vivamente deseado y verlas
pisar el agua que la luna enturbia
y estarlas a mirar; los cuerpos blancos
romper la sombra del metal luciente
-desnudo universal, desnudo hasta la muerte-
y quedarse indeciso, en pie, en lo oscuro,
como un viejo marino sospechando un tiempo
súbitamente aventuroso, y, luego,
olvidando los restos de la cena triste
con guitarra y golletes salivosos,
entrar a carga de animal entero
llamado por el agua o por los cuerpos.

Corre hasta el filo castrador del frío
,
agua como de espadas.
Las estatuas
se ablandan entre risas, en la espuma. 
(Carlos Barral)

La poesía desde 1975

La poesía de los últimos años se desarrolla en una pluralidad de tendencias aunque destaca el rasgo general de la vuelta a una poesía más centrada en al expresión de las experiencias íntimas y cotidianas que no olvida la influencia experimentalista. Al vanguardismo y decadentismo de algunas tendencias y autores, véase Luis Antonio de Villena y su refinada y exclusiva obra, se une la poesía erótica de Ana Rosetti o la poesía de la experiencia de Luis García Montero o Felipe Benítez Reyes, que se caracteriza por sus temas urbanos, su realismo y cotidianidad, lo coloquial de su lenguaje y una final visión desencantada de la vida.






Novela desde 1940 hasta 1974

Novela española desde 1940 a 1974. Tendencias, autores y obras principales.


Como sabes, la Guerra Civil supuso una profunda brecha en la evolución literaria española porque algunos de los modelos narrativos anteriores mueren (Unamuno, Valle), porque otros se exilian (Aub, Ayala, Sénder), y porque la censura y las nuevas circunstancias políticas coartan la libertad de los narradores, sobre todo en materia social. Las condiciones sociales de la inmediata posguerra, es decir, el hambre, la miseria, la falta de libertades, etc. hacen que pierda sentido la novela deshumanizada de los años treinta, así que esa tendencia se acaba (por el momento). Por todo lo anterior, la novela a partir de la contienda española debe comenzar de nuevo. En este tema estudiaremos retazos de la novela de guerra y exilio así como las difentes tendencias que se establecen después de la guerra, en los cuarenta -novela existencial o tradicional-, en los cincuenta -novela social y realista-, en los sesenta -novela experimental- y a partir de 1975 con una pluralidad de tendencias narrativas que es en sí misma una tendencia.

Novela de guerra

     La novela que se hace en la guerra peca de propagandística, tanto para un bando como para otro. No son obras estilísticamente memorables, su importancia viene de su contenido directo y de las circunstancias en las que se escribieron y publicaron. César Arconada (Río Tajo, 1938) o Concha Espina (Retaguardia, 1937) son ejemplos de novelistas republicanos y nacionales, respectivamente.

Novela del exilio

     Es obvio que uno de los temas fundamentales de un exiliado es su patria y el dolor de la distancia. Tanto Sénder, como Aub o Ayala comparten esta temática aunque con estilos diferentes. Ramón J. Sénder (1901-1982) empezó su carrera antes de la guerra con narraciones de corte social y de denuncia. Su obra más recordada del exilio es Réquiem por un campesino español (publicada bajo el nombre de uno de sus protagonistas, Mosén Millán, en 1953). Max Aub (1903-1972), poeta, dramaturgo y, también, novelista, pertenecía a la Generación del 27 antes de la guerra. En sus Campos, serie sobre la Guerra Civil y sus consecuencias, la crítica ha valorado muy positivamente el estilo y la riqueza de sus diálogos. La serie se compone de Campo cerrado (1943), Campo de sangre (45), Campo abierto (51), Campo del Moro (63), Campo francés (65),  Campo de los almendros (68). Francisco Ayala (1906-2009) empezó a escribir antes de la guerra, dentro de la Generación del 27, pero es su etapa posterior a la guerra la más reflexiva.  Critica en Muertes de perro (1958) la Dictadura. Escribe relatos y novelas.

Novela de posguerra (1939-1950)

     El nuevo camino que ha de buscar la novela a partir de la guerra promueve la diversidad de tendencias entre las que habitan la novela triunfalista, la psicológica, la poética, la simbólica, la tremendista y la existencial, amén de autores y obras inclasificables como  José María Gironella con Los cipreses creen en Dios o Lola, espejo oscuro de Darío Fernández Flórez. En general la temática corresponde con la variedad de tendencias aunque priman temas como la amargura de vivir, la soledad, la angustia, la inadaptación o la muerte. Lo cual determina unos protagonistas inadaptados, solitarios y marginados socialmente. La sociedad de los años cuarenta en España traspasa la tela social y se inmiscuye en la literaria. 
     En Madrid, de Corte a checahttp://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=checa (Foxá, 1938) vemos un claro ejemplo de novela de los vencedores en la que el autor, Agustín Foxá, de indudable apego falangista, determina las circunstancias estables que ha traido el Alzamiento Nacional con su tradicionales valores: Dios, Patria y Familia.
      Aunque los "perdedores" siguen escribiendo no hay denuncia social clara y directa en esta época sino una angustia dramática, como en la poesía desarraigada. Cabe destacar en este punto dos novelas importantísimas para el entendimiento de la novela de posguerra, son La familia de Pascual Duarte (1942) y Nada (1945). Camilo José Cela (1916-2002) es un novelista que recorre todas las décadas de la novela española siendo el máximo nombre del tremendismo de los años cuarenta. Aunque no es un autor de compromiso social (llegó a ser censor),  sí describe la miseria física y espiritual en su primera novela de renombre, La familia de Pascual Duarte. En esta novela utiliza los recursos clásicos de la novela picaresca (autobiografía, vida de servicios, miseria y consideración de antihéroe) para escribir un relato desolador de la España de la época. De la primera persona narrativa pasa al protagonista colectivo de La colmena (1951) en la que, desde la perspectiva realista de los cincuenta, se relata la vida de un Madrid dividido en cientos de historias pequeñas sobre miserias, intereses y abusos. De la década experimentalista de la novela española destacamos San Camilo 1936 (1969), con una de las técnicas propias de la época: el monólogo interior continuo. Su última novela es Madera de Boj (1999). Le concedieron el Nobel por "la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano".

     Carmen Laforet (1921-2004) es autora de pocas obras pero buena representante de la novela existencial de los años cuarenta. Con Nada, ganadora del premio Nadal, nos traslada a la angustia de una joven por el tiempo en el que vive, dentro de una serie de intereses entre los que no está su propia vida. La protagonista de esta novela, como los de La isla y los demonios (1950) o Una mujer nueva (1955), lucha contra la mediocridad que la rodea.








     Dentro de la novela realista tradicional cabe destacar la primera novela conocida de Miguel Delibes, del que hablaremos más tarde, La sombra del ciprés es alargada (1948) o Javier Mariño (1943) de Gonzalo Torrente Ballester.
     Técnicamente las novelas de esta etapa no son muy innovadores pues ofrecen un relato lineal con un narrador en tercera persona (casi siempre) y una ausencia de saltos temporales.

Novela social y neorrealismo (1950-1962)

     El realismo es afín a la literatura española, desde El Lazarillo hasta Galdós,  desde Cervantes hasta Belén Gopegui, si bien cambian las formas. El realismo en la novela de la década de los cincuenta se divide principalmente en dos corrientes: el neorrealismo y la novela social. El neorrealismo se preocupa por valores éticos y la intención  de registrar lo que pasa en la sociedad transcribiéndolo en la novela. La novela más representativa es El Jarama (1956) de Rafael Sánchez Ferlosio. Esta novela, más allá del argumento sencillo que tiene, refleja fielmente usos lingüísticos y sociales de un grupo de jóvenes de los cincuenta con un narrador replegado y una importancia absoluta del diálogo y la expresividad de los personajes.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/television/entrevista-rafael-sanchez-ferlosio-serie-tiempos-modernos/728850/


     En la década de los cincuenta la censura se relaja lo que permite la aparición de novelas en las que la denuncia  de pobreza y marginación es más directa que en las de los años cuarenta. A esta tendencia se le ha dado el nombre de Novela Social y no es exclusivamente española puesto que entronca con un movimiento progresista de reflejo de la sociedad con el fin de cambiar los efectos más nocivos de la misma. Para entenderlo hay que fijarse en la figura del dramaturgo y ensayista francés Jean-Paul Sartre que enuncia el concepto de la literatura social: "La literatura no debe reflejar solo la realidad, sino explicarla, e, incluso, transformarla" y, sigue, "el escritor tiene una función social, y será complice de la opresión si no se alía con los oprimidos". Con estas citas se ve que el realismo de la década de los cincuenta se parece poco al espejo en el camino de la novela decimonónica, pues se toma como instrumento -preceptos marxistas por en medio- para transformar la realidad, como hemos visto también en la lírica de, por ejemplo, Gabriel Celaya. Se combate la literatura pobre con literatura, el mensaje se traslada mejor si está bien escrito así que no es proclama política sino novela lo que se va a hacer en esta década, a pesar de la sencillez de la misma.
     Dejando a un lado a los precursores de la novela social como son Delibes o Cela (El camino, 1950 o La colmena, 1951), estamos hablando de autores como Ignacio Aldecoa, José Manuel Caballero Bonald, Carmen Martín Gaite, Juan García Hortelano o  Juan Marsé. Los temas principales son tanto urbanos como rurales, tienen que ver con los trabajos y la miseria de muchas de estas ocupaciones, las clases sociales y el recuerdo de la Guerra Civil.
    Los elementos en común de las novelas realistas de esta década son: narración lineal dentro de una aparente sencillez, descripciones funcionales, espacios y tiempos muy limitados, preeminencia de un personaje colectivo o uno que represente a una colectividad y, el rasgo más destacado, importancia del diálogo. 

Novela experimentalista (1962-1975)

     A principios de la década de los sesenta se produce un cambio en la novela española debido al agotamiento de la novela realista, del abuso de contenidos sociales (con excesivo peso político en ocasiones), preferencia de renovación técnica y estética por la influencia de autores extranjeros  como los hispanoamericanos García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, o las reminiscencias de Kafka (malesttar existencial), Proust y Joyce (manejo del tiempo narrativo), los coetáneos estadounidenses de la Generación Perdida, la opaca novela francesa del Nouveau Roman, etc. Hay una obra bisagra entre la novela realista y la experimental, que supone el inicio del cambio, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos (autor de única obra puesto que Tiempo de destrucción no llegó a publicarla) de 1962. En esta obra se empiezan a ver los recursos técnicos que se introducen en la novela española a partir de este momento: desaparece la voz del autor, el perspectivismo cobra mayor importancia,  importancia que pierde el argumento, se introducen elementos abiertamente antirrealistas así como elementos discursivos no narrativos (digresiones, artículos de  prensa...), las descripciones dejan de ser funcionales y cobran mayor fuerza estética a través del simbolismo o la metáfora.

Los personajes se presentan y definen por sus comportamientos, dentro de la colectividad a la que están abocados, siempre en un grado de marginación social que escapa a lo puramente económico. La estructura de la novela también se ve renovada pues ya no hay capítulos ni unidades internas, a veces, ni siquiera tiene un final cerrado. Varias historias se van entrelazando en una concentración espacial y en un tiempo renovado, ya sea porque se concentra en extremo, porque hace simultáneas varias historias, porque recala en la anacronía (retrospección y anticipación...), porque desordena cronológicamente la obra, etc. El narrador no suele ser omnisciente y puede alternar todas las personas lingüísticas (incluso la segunda). El diálogo de los personajes se supedita al narrador, tanto, que a veces, lo que dicen los mismos se produce en un monólogo interior o corriente de conciencia (estilo indirecto libre) para reproducir el pensamiento desordenado. Por último, destacaremos que hay algunas alteraciones tipogáficas y de los signos de puntuación.
     Miguel Delibes (1920-2010), autor prolífico de nuestra novela, recala en el experimentalismo de los años sesenta con Cinco horas con Mario. En esta obra se enfrentan las ideas conservadoras  e innovadoras que sobrevolaban ya el Régimen de Franco y la sociedad española en general a través de la renovación literaria que supone el continuo monólogo de Carmen en el velatorio de su marido.
http://cvc.cervantes.es/actcult/delibes/default.htm
      Otros autores y obras de la tendencia renovadora son Juan Benet con Volverás a Región  o la interesante La saga/fuga de JB de Gonzalo Torrente Ballester (donde se empieza a ridiculizar el exceso de experimentación de la novela española).